La audacia de la fe de Israel
¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?
¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?
En el imaginario popular, Abraham representa al hombre de fe por excelencia, el patriarca que dejó su tierra natal confiando en una promesa divina y que, en la prueba suprema de obediencia, estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo. Sin embargo, en el libro de Génesis, antes del drama del monte Moriah, encontramos un retrato diferente, aunque igualmente profundo: Abraham, quien discute con Dios.
En Génesis 18, descubrimos a Abraham desempeñando un papel sorprendente por su audacia. No es simplemente un receptor pasivo de la revelación divina, sino un participante activo en una negociación moral y jurídica con el Juez Supremo del universo.
La audacia del polvo y la ceniza
La escena comienza con Abraham recibiendo a tres misteriosos visitantes junto al encinar de Mamre. Conforme avanza la narración, comprende que dos de ellos son mensajeros celestiales, mientras que el tercero es identificado a lo largo del relato como el mismo Señor. Cuando los dos ángeles parten hacia Sodoma, el Señor permanece. Impulsado por un sentido de urgencia moral, Abraham se acerca. Comprendiendo la gravedad del juicio inminente sobre las ciudades de la llanura, se atreve a apelar la aparentemente definitiva decisión de que Sodoma será destruida.
Su primera súplica constituye una verdadera lección de argumentación teológica. Apela al propio carácter de YHVH y a Su propia reputación, formulando una pregunta que ha resonado a través de los siglos en el pensamiento religioso y filosófico: «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» (Génesis 18:25). La frase hebrea que la precede, חָלִילָה לְּךָ (chalilah lekha), es una poderosa expresión de protesta; aproximadamente significa: «¡Lejos esté de Ti!» o «¡Nunca suceda tal cosa!».
El tono de Abraham es de una confrontación respetuosa, no de una súplica tímida: «¡Si Tú hicieras eso, sería totalmente contrario a Tu carácter! ¡Que el Juez de toda la tierra destruya al inocente junto con el culpable violaría la misma justicia sobre la cual descansa Su gobierno!».
Lo que sigue, en Génesis 18:23–33, es un extraordinario diálogo que ha cautivado a los comentaristas durante milenios. Abraham comienza con una hipótesis: si hubiera cincuenta justos en Sodoma, ¿destruiría Dios aun así la ciudad? El Señor responde: «Si hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaré a todo este lugar por amor a ellos» (Génesis 18:26).
Envalentonado, Abraham continúa su negociación, aunque no sin reconocer profundamente su humanidad. Antes de proseguir, dice: «He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza» (Génesis 18:27). La expresión hebrea אָנֹכִי עָפָר וָאֵפֶר (anokhi afar va-efer) evoca el lenguaje de la creación. En Génesis 2:7, Adán es formado del afar, el polvo de la tierra. Abraham, plenamente consciente de la distancia entre el Creador eterno y la criatura mortal, fundamenta su valentía en la humildad. Sabe que está razonando con su Hacedor. Al mismo tiempo, el uso de afar recuerda naturalmente la creación de la humanidad a partir del polvo en Génesis, destacando la conciencia que Abraham tiene tanto de la fragilidad humana como de su solidaridad con aquellos cuyas vidas están en juego.
Abraham va reduciendo el número: de cincuenta a cuarenta y cinco, luego a cuarenta, después a treinta, luego a veinte y finalmente a diez. En cada ocasión, el Señor acepta perdonar a toda la ciudad por causa de unos pocos justos. La lógica de Abraham es implacable: «Quizá faltarán de cincuenta justos cinco; ¿destruirás por aquellos cinco toda la ciudad?» (Génesis 18:28). A través de este diálogo, la misericordia divina se revela de manera progresiva. Dios demuestra estar dispuesto a perdonar a los muchos por causa de unos pocos justos.
La narración se detiene en el número diez, cifra que más tarde adquiriría una enorme importancia en la tradición judía. La intercesión de Abraham no salvó a Sodoma (la ciudad no contenía ni siquiera diez justos); sin embargo, su negociación reveló un principio perdurable. La tradición judía vio posteriormente un significado simbólico en que Abraham se detuviera en diez, y comentaristas judíos posteriores relacionaron este episodio con la importancia que después tendría un quórum de diez (minyan) para el culto comunitario. De este modo, la narración da testimonio del inmenso poder espiritual de una comunidad justa: sugiere que el destino de los muchos pecadores está ligado a la presencia de unos pocos justos.
El remanente justo de Uno
Sin embargo, por poderosa que fuera la negociación de Abraham, finalmente resultó insuficiente. Los diez justos no estaban allí. La ciudad cayó. Este antiguo principio del remanente justo, revelado en Mamre, nunca tuvo la intención de ser la última palabra; era un anuncio, una sombra de una intercesión más perfecta que habría de venir. Preparó el escenario para un acontecimiento en el que Dios respondería a la pregunta de Abraham —«¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?»— de una manera que nadie habría podido anticipar.
Abraham se detiene en diez, no porque Dios se negara a descender más, sino porque Abraham dejó de pedir. El texto nunca dice que Dios no hubiera perdonado a Sodoma por cinco o incluso por un solo justo. Esa omisión crea una tensión extraordinaria. El Mesías responde a esa tensión. Al morir en la cruz romana, el justo Mesías de Israel intercedió por el pueblo pecador de Israel y por el mundo entero. Su justicia nos protegió a todos de la ira del Dios Todopoderoso. Él se convirtió en el único escudo justo, absorbiendo el juicio que Abraham temía para que, mediante Su justicia, muchos pudieran ser perdonados.
Conclusión
La audaz negociación de Abraham en Mamre revela a un Dios que recibe con agrado el razonamiento sincero, no una aceptación pasiva. Sin embargo, incluso la incansable intercesión del patriarca —reduciendo el número del remanente justo de cincuenta hasta diez— no pudo salvar a Sodoma. La ciudad carecía incluso de un pequeño grupo de justos.
Este antiguo principio nunca fue la última palabra; era una sombra que apuntaba hacia una intercesión mayor. Donde Abraham se detuvo en diez, el Mesías descendió hasta uno. En la cruz, el único Justo absorbió el juicio que Abraham temía, respondiendo para siempre la pregunta: «¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer lo que es justo?». Lo hizo sustituyendo al Inocente por los culpables.
Somos llamados a acercarnos a Dios como lo hizo Abraham: con humildad, valentía y plena confianza en Su justicia. Por medio del Intercesor superior, Jesús el Mesías, podemos acercarnos con aún mayor confianza ante el Juez de toda la tierra, seguros de que Su justicia y Su misericordia se encuentran perfectamente en la cruz.
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