Oración

La mano secreta de Dios

La asombrosa historia de la vulnerabilidad de una mujer al servicio de su pueblo.

¿Sabías que el libro de Ester presenta una profunda paradoja? Es el único libro de la Biblia hebrea tradicional en el que Dios no es mencionado. Ninguna voz divina retumba desde el Sinaí, ningún profeta declara: «Así dice el Señor», y ningún milagro divide el mar. Sin embargo, precisamente esta ausencia sirve como telón de fondo para una profunda lección sobre la providencia. Ester revela cómo Dios obra, no mediante dramáticas intervenciones sobrenaturales, sino a través de las decisiones aparentemente ordinarias —y con frecuencia profundamente imperfectas— de los reyes, del valor de las personas y de las «coincidencias» del momento oportuno.

Un mundo de poder vacío

La historia se desarrolla en el Imperio persa bajo el rey Asuero (probablemente Jerjes I, 486–465 a. C.), un gobernante cuyo poder es a la vez absoluto y frágil. Comienza con fastuosos banquetes que exhiben su riqueza (Ester 1:1-5), pero su soberanía es desafiada de inmediato cuando la reina Vasti se niega a obedecer su orden de presentarse ante sus invitados embriagados (1:12). Sus consejeros, temiendo una rebelión generalizada, lo persuaden de desterrar a Vasti y emitir un decreto para todo el imperio que impone un «liderazgo» masculino abusivo (1:17-22). Este es un mundo donde la ley oculta la inseguridad, donde el poder es una representación, pero se ve amenazado con facilidad.

En este imperio tan inestable aparecen Mardoqueo y su prima huérfana, viviendo como judíos exiliados en la tierra de sus captores (2:5-7). La joven tiene dos identidades: su nombre hebreo Hadassah (הֲדַסָּה), que significa «mirto», una planta cuyas hojas esconden su fragancia hasta que son trituradas; y su nombre persa Esther (אֶסְתֵּר), que puede significar «estrella» o hacer referencia a «Ishtar», una famosa diosa persa. Sin embargo, en su lengua materna (hebreo), este nuevo nombre persa suena como la palabra que significa «escondido» o «encubierto» (ס-ת-ר).

Por instrucción de Mardoqueo, ella oculta su origen judaíta y su identidad cultural (2:10), un secreto que mantiene incluso después de ser llevada al harén del rey, pasar un año entero de preparativos de belleza y finalmente ser escogida como reina (2:17).

La tensión sin resolver

Aquí se encuentra la primera y más inquietante tensión de la historia: una mujer judía es llevada al harén de un rey pagano, sometida a una evaluación sexual, además de otras pruebas, para finalmente ganar su favor y casarse con él; acciones que claramente violan las prohibiciones de la Torá respecto al matrimonio con extranjeros y a las relaciones sexuales fuera del matrimonio permitido (Deuteronomio 7:3-4). El relato no ofrece un juicio directo (piensa en Tamar quedando embarazada de Judá, Rahab siendo una prostituta, Rut «descubriendo los pies» de Booz, etc.). En cambio, resalta la realidad coercitiva del poder imperial, donde una joven vulnerable bajo la tutela de Mardoqueo probablemente no tenía ninguna posibilidad real de elegir.

Esta ambigüedad intencional obliga al lector a enfrentarse a preguntas profundas: ¿Puede el propósito divino obrar en medio de circunstancias moralmente comprometidas? ¿Cuál es la relación entre la supervivencia y la fidelidad? El texto se niega a ofrecer respuestas fáciles y, en cambio, nos sumerge en la compleja realidad del exilio, donde la moral convencional choca con el poder brutal.

Cuando el mal lleva la corona

La tensión aumenta con el ascenso de Amán, el agagueo. Su identificación como agagueo es profundamente significativa, pues conecta su conspiración con la antigua enemistad entre los israelitas y los amalecitas (Amán descendía del rey Agag; 1 Samuel 15). El resultado no es simplemente una aversión personal hacia Mardoqueo, sino contra todo el pueblo de Judea exiliado y ahora residente en tierras persas. La intención es el exterminio de Israel. Nada menos.

Por cierto, aquí un «judío» no se refiere a una persona de religión judía, como ocurriría hoy. Más bien, se refiere a un grupo de judaítas (y a cualquiera que fuera percibido como procedente de la tierra ancestral de Israel) que había sido exiliado y esclavizado.

El orgullo de Amán exige homenaje universal. Mardoqueo, sentado a la puerta del rey, se niega (3:2). El texto no especifica la razón, solamente señala que estaba relacionada con su ascendencia judaíta (3:4). Lleno de ira, Amán decide destruir no sólo a Mardoqueo, sino a todo su pueblo. Dada su antigua «conexión», esto tiene perfecto sentido.

Aquí la historia da su giro más oscuro. Amán manipula al rey con mentiras estratégicas:

«Hay un pueblo esparcido y distribuido entre los pueblos… y sus leyes son diferentes de las de todo pueblo, y no guardan las leyes del rey.» (Ester 3:8)

Se redacta un decreto, se sella con el anillo del rey y se envía a todas las provincias: el día trece del mes de Adar, el pueblo debía «destruir, matar y exterminar a todos los judíos… y apoderarse de sus bienes» (3:13). La ley de los medos y de los persas no podía revocarse (8:8). La maquinaria del mal absoluto y legalizado ha sido puesta en marcha. ¿Podrá alguien intervenir?

«¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?»

Cuando Mardoqueo se entera del decreto, rasga sus vestidos, se viste de cilicio y ceniza, y clama con gran voz delante de la puerta del rey (4:1-2). Ester, protegida dentro del palacio, al principio vacila cuando se le pide intervenir. Su respuesta revela su profundo temor: acercarse al rey sin haber sido llamada probablemente significaría la muerte, a menos que él extendiera misericordiosamente su cetro de oro al visitante no invitado. El hecho de que el rey no la hubiera llamado durante aproximadamente un mes agravaba aún más la situación (4:11). ¿Había perdido ya su favor? Si tan solo este desafío hubiera llegado un mes antes… Pero ¿qué podía hacer? Era sencillamente demasiado peligroso y temerario.

La respuesta de Mardoqueo contiene el corazón teológico del libro:

«No pienses que escaparás en la casa del rey más que cualquier otro judío. Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?» (Ester 4:13-14).

Aquí emergen dos pilares fundamentales de la providencia.

Primero, el propósito de Dios es imparable. «Respiro y liberación vendrá de alguna otra parte.» La supervivencia del pueblo del pacto de Dios no depende del valor —o de la falta de valor— de una sola persona. El Dios de Abraham permanece fiel a su promesa de preservar a Israel, con Ester o sin ella.

Segundo, la providencia de Dios es participativa. «¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?» La peligrosa posición de Ester —su belleza, su sexualidad, su carácter agradable, el favor del rey e incluso su identidad oculta— adquiere un nuevo significado. Lo que parecía una circunstancia aleatoria (o un compromiso moral) ahora se revela como una designación divina. Toda su vida, con todas sus ambigüedades morales, queda retrospectivamente investida de propósito.

La fe de Ester se manifiesta plenamente. Ella no da nada por sentado:

«Ve y reúne a todos los judíos… y ayunad por mí, y no comáis ni bebáis en tres días… yo también con mis doncellas ayunaré igualmente; y entonces entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca.» (Ester 4:16).

El riesgo es enorme. Pero ahora está completamente rendido al Dios de Israel.

La soberanía en las sombras

Lo que sigue es una impresionante secuencia de «coincidencias» entretejidas por una mano invisible.

Ester halla gracia ante el rey, quien extiende su cetro de oro (5:2). Mostrando gran sabiduría estratégica, pospone su petición e invita al rey y a Amán a dos banquetes consecutivos (5:4-8). Esta demora intencional pone todo en movimiento.

Aquella misma noche el rey no puede dormir (6:1). Mientras consulta las crónicas reales, escucha acerca de la lealtad de Mardoqueo, aún no recompensada, cinco años antes (6:2-3). Mientras tanto, Amán llega al palacio con la intención de obtener la muerte de Mardoqueo, solo para verse obligado por el rey a honrar públicamente precisamente al hombre que desea destruir (6:6-11). El devastador golpe a su orgullo prepara perfectamente el escenario para el segundo banquete, donde Ester finalmente revela su identidad:

«Porque hemos sido vendidos, yo y mi pueblo, para ser destruidos, para ser muertos y exterminados.» (Ester 7:4)

(La expresión «hemos sido vendidos» hace referencia a los diez mil talentos de plata que Amán prometió entregar al tesoro del rey como resultado de la persecución descrita en Ester 3:8-9).

La furia del rey lo lleva al jardín. Amán, desesperado, cae sobre el diván de Ester suplicando por su vida. El rey interpreta erróneamente la escena como un intento de agresión sexual y ordena ejecutar a Amán en la misma horca que él había preparado para Mardoqueo (7:7-10).

La estrella escondida y el mirto triturado

El libro de Ester finalmente nos ofrece una esperanza poderosa y práctica: Dios está obrando incluso cuando parece más ausente. Nuestra vida suele estar llena de decisiones ordinarias, compromisos difíciles y momentos confusos. La historia de Ester nos asegura que estas no son señales de que Dios nos haya abandonado. Por el contrario, pueden ser precisamente las herramientas que Él utiliza para colocarnos en una posición clave para un propósito que todavía no podemos ver. Nos enseña que nuestros errores pasados, nuestras circunstancias presentes y nuestro trasfondo son profundamente significativos.

Nuestros momentos de riesgo, nuestras historias imperfectas y nuestras etapas llenas de fe (o de falta de ella) son entretejidos en un diseño que muchas veces no alcanzamos a ver, como la estrella escondida o el mirto triturado que libera su fragancia solo cuando es presionado.

El libro de Ester enseña que cada uno de nosotros, sin importar cuán comprometida parezca nuestra posición, tiene el potencial, en un momento decisivo de la vida, de sacrificarlo todo para hacer lo correcto.

La pregunta retórica sigue suspendida en el aire:

«¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?»

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